domingo, 21 de febrero de 2016

La fe se escribe con tinta amarilla del "Granca" (71-81)

Lo han vuelto a hacer. La gloria, la machada, la remontada, la fe. El Herbalife Gran Canaria entra en la historia del torneo por la puerta grande, al convertirse en el primer finalista nuevo de la Copa en más de una década, al ganar por 71-81 al Dominion Bilbao Basket en un partido que llegó a perder por 19 puntos en el tercer periodo (55-36, m.26).

La fe de Oliver, capaz de tirar del carro cuando nadie creía. Los puntos de Aguilar, los triples de Salin, la defensa de Savané o Rabaseda y la irrupción final de un Báez heroico, monumental, completaron un milagro en el que solo creyeron ellos.

No, ya no podía ser una cuestión de motivación, de ganas o de ilusión. Las preguntas se agotaron, los clichés se perdieron en la previa. Cara a cara dos sueños, uno para crecer y otro para difuminarse en el cielo coruñés, con un cierto favoritismo, por la clasificación y por los precedentes ligueros, para el Herbalife Gran Canaria, algo que se encargó muy pronto de desmontar de inicio el Dominion Bilbao Basket, con un 5-0 de inicio como aviso.

Pese a que entre Omic y Oliver se encargaban de poner en órbita al cuadro amarillo (8-9, en el minuto 4, como única ventaja canaria), Clevin Hannah parecía decidido a tirar por la vía rápida para llevar a su equipo hasta la gran final. Acostumbrado a imaginar cómo solo los humildes imaginan, fe forjada desde abajo. La del chico que en su modesto instituto ganó 107 de los 114 partidos que disputó. El que lideró un récord histórico en otra universidad alejada del mapa (Chipola). El que pasó por Rumanía o Finlandia en equipos tan anónimos como el CSBC Miercurea o el Karhu Kauhajoki, para empezar a ser grandes desde su pequeña altura en Francia, donde también arrancó desde el suelo.

Un triple por aquí. Un robo. Otra ronda de Clevin (16-11, m.6). Ocho puntos, dos recuperaciones. Bertans apuntándose. Bogris con escudo y lanza en la zona. Su rival perdido en el triple. El cuarto ganado con solvencia (22-15). La final guiñándole el ojo. Hannah la había seducido.


Nada más comenzar el segundo periodo, un espejismo. Seeley recibiendo de espaldas en el exterior, revolviéndose, penetrando y sacando el 2+1. Y sacando el pío-pío. La defensa insular, durante unos minutos, amagó con dibujar otro escenario, mas sus infantiles pérdidas lo impidieron. Y el Dominion Bilbao Basket, casi sin darse cuenta, se vio 10 arriba después de un 6-0 de parcial, con Bogris picando en la mina del aro rival (28-18, m.14).

El choque, para el Herbalife, tenía cierto aroma al vivido el jueves, por sensaciones, por desacierto y hasta por resultado inicial. Sin embargo, el Dominion Bilbao Basket ni se vistió de taronja ni permitió un 0-21 en contra. De momento. Los de Alonso, no solo impidieron a su rival remontar, sino que fueron aumentando la brecha gracias a una exhibición de sobriedad e inteligencia. Y a un Bertans con ganas de darse una vuelta por el espacio. Alguien en su país, en un día inspirado, le llamó “Cohete letón”. Finisterre fue Cañaveral, aunque, más que él, volaron sus triples. Uno para el +13. Otro para el +16 (36-20, m.16). Ocho puntos consecutivos del amante de Leiva, del hincha del Athletic, del jugador al que todos vieron en el Lokomotiv Kuban el pasado verano y que se quedó para llevar a los suyos a la gloria en A Coruña. Le faltó poco.

Omic y Oliver, demasiado solos, se resistían a su destino, pero el Cohete de Valmiera, donde la camiseta de su padre luce colgada en el techo del pabellón municipal, volvió a echar agua fría al ímpetu amarillo y ahí, con su oponente tiritando de frío, como si hubiera caído en el mar de Riazor, Hannah y López les remataron con sendos triples de hielo en pista y fuego en grada (46-34) para dejar la final a una distancia de veinte minutos… y cuesta abajo. O eso parecía.

Trece puntos llevaba cada uno al descanso. Y cero sumaron entre ambos en el tercer periodo. Ni el seductor ni el cohete aparecieron en el siguiente acto y, lo más sorprendente, al Dominion Bilbao Basket parecía ni importarle. La defensa funcionaba. Como un clínic de Sito Alonso, jugando al ajedrez, divirtiéndose al ver a sus rivales estrellarse una y otra vez en la muralla interior de los Hombres de negro. Además, Hervelle se animaba en ataque y Mumbrú, con más hambre de Copa que nadie en su equipo, ejercía de líder para hacer casi insalvable la diferencia de su equipo (55-36, m.26). Casi.

Porque el Herbalife Gran Canaria, en ese instante, con nada ya que perder, tiró de épica para cambiar la dinámica, para cambiar el partido, para cambiar su destino. La épica del corredor ciclista que desfallece en su ascenso, con la meta situada a un mundo de distancia, y que, lejos de dejarse llevar, prefiere sufrir y sufrir para creer y creer. Y morir en la bicicleta. El parqué fue tierra. El amarillo fue blanco y negro y hasta las bocinas sonaban a claxon cuando Oliver, el más veterano, cogió las riendas del partido.

478 partidos ACB, casi un par de décadas de historias que contar, como algún día hará con la vivida este sábado bajo el cielo del Coliseum. Camino de las 38 primaveras y esencial, absolutamente esencial, en el marco más bonito que pudo imaginar. La zona desquició al cuadro bilbaíno, antagonista al equipo perfecto de un rato antes, y los puntos del base reanimaron a un equipo que no latía (55-44, m.28). Los de Aguilar alegraron a un equipo que no reía. Y los de Salin, sobre la bocina, devolvieron la fe a un equipo que no reía (55-48), tras un 0-10 de parcial que les hizo sentirse con todo el derecho del mundo de pedir lo posible. Porque lo imposible ya lo habían logrado.

La remontada era imparable. El Dominion Bilbao no entendía que le pasaba, como el que se moja en la tormenta y solo puede mirar al cielo sin poder hacer nada más que mojarse más y más. Salin anotaba de tres y volvía con la vista perdida en el marcador, diciéndose a sí mismo que 6 puntos no eran nada para el equipo que le ganó el partido dos veces al Valencia Basket y ya se lo había transformado a los de Sito Alonso.

Todo nació desde atrás. Rabaseda incomodando cada pase, Savané taponando. Oliver con todo el peso de su equipo a la espalda para empezar a repartirlo con el partido nuevo que acababa de nacer. Paso al frente colectivo. Paso al frente para la historia. El de Aguilar con su triple para ponerse a tres. El de Pangos para responder el de Hannah. El del propio Salin, tras salir del bloqueo, para empatar a 62. Se abrazaban los amarillos. Se abrazaban los aficionados, se abrazaban en el banquillo, se abrazaban en la isla. Y Kuric sonreía como si sus triples hubieran obrado el 16-45 de los 14 minutos finales. El rezagado volvía a ser cabeza de carrera. Y la pájara ahora era del rival.

Rabaseda, con un par de tiros libres, hizo frotarse los ojos a más de uno, los suyos y los ajenos, al ver al Herbalife Gran Canaria por delante (62-64, m.36) nueve minutos después de verle caer por 19. Sin embargo, el encuentro estaba en un puño y el riesgo de nadar y nadar para morir en la orilla asustaba al más optimista de los canarios. Y más con Mumbrú, cuánto amor por el baloncesto, cuánta ambición para el jugador que lo ganó todo menos la Copa, vestido de héroe. De héroe o mártir, qué más daba, con tal de alcanzar una final que no hubiera sido una quimera para los bilbaínos sin la irrupción final de Báez.

Qué locura, Eulis. ¿Cómo pudiste saltar tanto? ¿Cómo pudiste crecer tanto? ¿Cómo pudiste decidir tú solo el final de toda una semifinal copera? Abrazando a los rebotes en defensa como si fueran su hijo, transformando los triples errados de Pangos en capturas ofensivas. Encestando un triple para la penúltima fiesta amarilla a falta de tres minutos (63-67) y otro para la catarsis total en una jugada en la que previamente había recuperado un par de balones del mismísimo limbo (69-75).

La final era amarilla. La final era canaria. De ahí hasta el 71-81 definitivo. Al diablo la maldición. ¿Quién se acuerda del gafe de cuartos? De los complejos de antaño, de los “uy”, de los “casi”. Dos finales en diez meses bajo la batuta del maestro Reneses. Dos remontadas en 48 horas. Dos milagros para una vida. Orgullo, fe, anhelo, deseo y cualquier sinónimo que se quiera colar en una lista eterna. Abrazos, lágrimas, voces roncas, saltos y más saltos. El Granca es finalista. El Granca, hoy, mañana y siempre, saldrá en cualquier lista de finales coperas, en cualquier pedazo de historia de la Copa. Ahora desea seguir saliendo en las guías del futuro... vestido de campeón.

acb.com

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